Psicólogos especializados atienden ya a supervivientes, familiares y miembros de los equipos de emergencia tras la tragedia ferroviaria. Casi 200 personas han recibido asistencia psicosocial en Atocha y los profesionales advierten de que el impacto emocional puede aparecer también cuando termina la emergencia.
Cuando las ambulancias se marchan y las labores de rescate comienzan a terminar, queda otra parte de una catástrofe que no aparece en las cifras de fallecidos y heridos.
Es el impacto psicológico.
La tragedia ferroviaria de Urda ha movilizado desde las primeras horas equipos especializados para atender a supervivientes y familiares. Ahora, la asistencia psicológica se está extendiendo también a guardias civiles, militares, miembros de Protección Civil, operarios y otros profesionales que han trabajado directamente en el lugar del accidente.
Muchos de ellos han pasado horas enfrentándose a escenas extremadamente duras.
El objetivo de los psicólogos de emergencias no es convertir una reacción normal ante una experiencia traumática en una enfermedad, sino acompañar a los afectados durante las primeras horas y detectar a quienes puedan necesitar posteriormente una atención más prolongada.
Casi 200 familiares y pasajeros atendidos en Atocha
La dimensión de la intervención puede comprobarse en la estación madrileña de Atocha.
Hasta las 8.30 horas de este jueves, 196 personas habían recibido asistencia en el punto de atención psicosocial habilitado por el Summa 112.
De ellas, 155 eran familiares de viajeros y 41 pasajeros de los dos trenes implicados en la colisión.
El dispositivo cuenta con 15 profesionales, entre ellos cinco psicólogos clínicos especializados en emergencias, y continúa operativo para atender a las personas que lo necesiten.
Renfe mantiene además activado desde el miércoles su Plan de Asistencia a las Víctimas de Accidentes Ferroviarios y a sus Familiares, con centros de atención en Madrid, Toledo, Córdoba y Sevilla y recursos de asistencia psicológica.
La atención no termina, por tanto, con la asistencia sanitaria a los heridos.
Los equipos de rescate también necesitan ayuda
En Urda, la intervención psicológica ha dado un paso más.
Profesionales especializados están trabajando directamente con las personas que han participado en el operativo de emergencia.
Guardias civiles, militares, miembros de Protección Civil, sanitarios, operarios y voluntarios han tenido que enfrentarse a imágenes y situaciones que difícilmente forman parte de una jornada normal de trabajo.
La psicóloga Teresa Marín, especialista en la formación de cuerpos de seguridad y equipos de emergencia, ha explicado que la intervención pretende ayudarles a gestionar lo vivido y prevenir posibles secuelas cuando regresen a su vida cotidiana.
No todos reaccionarán de la misma manera.
Algunas personas podrán procesar la experiencia con sus propios recursos personales y familiares. Otras pueden experimentar durante días recuerdos recurrentes, dificultades para dormir, irritabilidad, miedo, tristeza o una sensación de alerta permanente.
Tener una reacción emocional intensa después de haber trabajado en una catástrofe no significa necesariamente desarrollar un trastorno psicológico.
Pero ignorar esas señales tampoco es aconsejable.
No todos los supervivientes desarrollarán un trauma
Existe una diferencia importante entre sufrir una experiencia potencialmente traumática y desarrollar posteriormente un trastorno de estrés postraumático.
Los especialistas insisten en evitar la idea de que toda persona que sobrevive a una catástrofe necesitará tratamiento psicológico.
Muchas disponen de recursos personales, familiares y sociales que les permiten recuperar progresivamente su vida.
La atención inicial busca precisamente identificar necesidades.
Una persona puede necesitar hablar. Otra puede encontrarse desorientada. Algunas quieren localizar inmediatamente a sus familiares. Otras necesitan simplemente permanecer acompañadas mientras asimilan lo que acaba de ocurrir.
La intervención psicológica en una emergencia comienza muchas veces por cuestiones aparentemente sencillas: escuchar, informar con claridad, reducir la incertidumbre y evitar que una persona se sienta sola en uno de los momentos más difíciles de su vida.
El psicólogo, desde las primeras horas
Las grandes catástrofes han cambiado también la forma en que España organiza su respuesta a las emergencias.
La asistencia psicológica se ha incorporado progresivamente a los dispositivos junto a sanitarios, bomberos, policías y equipos de rescate.
Javier Torres, que fue coordinador del área de Emergencias y Catástrofes del Consejo General de la Psicología de España, defiende que el profesional de la psicología debe formar parte de la respuesta desde el primer momento.
Pero la intervención temprana debe hacerse correctamente.
No consiste en obligar a las personas a reconstruir inmediatamente lo que han vivido ni en presionarlas para que verbalicen una experiencia para la que quizá todavía no están preparadas.
Se trata de acompañar, detectar vulnerabilidades y proporcionar herramientas y apoyo a quienes lo necesiten.
La investigación científica tampoco permite afirmar que una intervención psicológica inmediata vaya a evitar por sí sola la aparición posterior de depresión o estrés postraumático.
Por eso, tan importante como la primera asistencia es el seguimiento posterior.
Cuando el impacto aparece después
Durante una emergencia, muchas personas funcionan prácticamente de manera automática.
Hay que salir del tren, ayudar a otra persona, encontrar a un familiar, atender a un herido o cumplir una función dentro del operativo.
El impacto emocional puede aparecer más tarde.
Cuando disminuye la actividad y la persona regresa a casa pueden surgir recuerdos de lo sucedido, imágenes involuntarias, problemas para dormir o una mayor sensibilidad ante determinados sonidos y situaciones.
En muchos casos esas respuestas irán disminuyendo con el paso de los días.
La preocupación aparece cuando se mantienen, se intensifican o comienzan a impedir el desarrollo normal de la vida cotidiana.
Ahí es donde el seguimiento psicológico adquiere especial importancia.
Familiares que esperan respuestas
Hay además otro grupo especialmente vulnerable: quienes no viajaban en los trenes pero han pasado horas esperando información sobre un familiar.
La incertidumbre puede convertirse en una experiencia profundamente angustiosa.
De ahí la importancia de los centros habilitados específicamente para familiares.
En Toledo, la atención a parte de los allegados se ha trasladado a la Iglesia del Buen Pastor, mientras que en Atocha permanece abierto el dispositivo de atención psicosocial.
En este tipo de situaciones, proporcionar información fiable también forma parte de la asistencia.
Los rumores, las cifras contradictorias y la exposición constante a imágenes del accidente pueden aumentar la angustia.
También hay solidaridad después de una catástrofe
Las tragedias no generan únicamente miedo.
La investigación sobre el comportamiento humano durante las catástrofes ha observado también un fenómeno aparentemente contrario: la cooperación entre desconocidos aumenta de forma extraordinaria.
En Urda se ha visto desde las primeras horas.
Vecinos acudieron a ayudar, se facilitaron espacios para atender a los afectados y numerosos voluntarios participaron en la asistencia a quienes llegaban desde el lugar del accidente.
La respuesta ciudadana se extendió también a las donaciones de sangre.
Solo en la Comunidad de Madrid, 4.100 personas acudieron a donar después del llamamiento realizado tras el accidente.
Esa red de apoyo tiene también un valor emocional.
Para quienes han vivido una catástrofe, comprobar que otras personas están dispuestas a ayudar puede contribuir a recuperar una sensación que un acontecimiento de estas características destruye en cuestión de segundos: la idea de que el entorno vuelve a ser un lugar mínimamente seguro.
Cuando termine la emergencia
Los focos acabarán abandonando Urda.
Las grúas retirarán los trenes, la circulación ferroviaria se recuperará y la actualidad informativa encontrará inevitablemente otra noticia.
Para algunos de los afectados, sin embargo, la historia continuará.
Supervivientes, familiares y profesionales que participaron en el rescate tendrán que integrar en sus vidas una experiencia que ninguno esperaba vivir.
Muchos lo conseguirán sin necesitar tratamiento especializado.
Otros requerirán ayuda.
Por eso, la atención psicológica que se ha desplegado estos días no debería entenderse únicamente como un recurso para las primeras horas.
Las consecuencias emocionales de una catástrofe no terminan cuando finaliza la emergencia.
Y algunas de las heridas que deja un accidente como el de Urda son precisamente las que ninguna radiografía puede mostrar.









