De Los Pajaritos a Residencial Las Aves: una historia de apariencias
Me caías bien. Mucho, incluso.
Éramos compañeros de instituto. Entonces todavía conservabas algo que, con los años, parecía ir desapareciendo: la naturalidad.
Procedías de una familia humilde, trabajadora, de esas que hacen verdaderos sacrificios para que sus hijos puedan estudiar y tener oportunidades que ellos nunca tuvieron.
Vivías en Los Pajaritos, un barrio de Sevilla. Aunque tú, con aquella peculiar imaginación inmobiliaria, preferías llamarlo «Residencial Las Aves».
Ya entonces apuntabas maneras. No tenías dinero, pero te sobraban pretensiones.
Un día apareciste con una chaqueta que parecía anunciar una nueva etapa de tu existencia. Después llegó aquella obsesión por el Barbour, símbolo de una elegancia que querías comprar antes de aprender a llevarla.
Nos preguntábamos dónde encontrabas aquellas prendas. Lo verdaderamente interesante, sin embargo, no era su precio, sino el empeño en aparentar una posición social distinta de la tuya.
Nunca comprendí por qué alguien podía avergonzarse de aquello de lo que debería sentirse orgulloso: sus orígenes.
Tus padres hicieron esfuerzos para que estudiaras. Pero la formación no parecía ocupar un lugar destacado entre tus prioridades.
Con el tiempo dejamos de coincidir. Cada cual siguió su camino.
Y entonces llegó la metamorfosis.
No aquella transformación maravillosa de la oruga en mariposa que estudiábamos en los libros de Ciencias Naturales. La tuya fue bastante menos poética.
Cambiaste de chaquetas, de compañías, de discursos y de aspiraciones. No sé si cambiaste también de convicciones o si simplemente descubriste cuáles resultaban más convenientes.
Ahora te veo convertido en concejal de Vox en un municipio del área metropolitana de Sevilla.
La pulserita, el reloj ostentoso, la pose solemne. Todo cuidadosamente dispuesto para representar un personaje.
Y, sobre todo, los discursos.
Hablas de la familia, de la educación, del esfuerzo y de la formación con una seguridad que me recuerda a aquel muchacho del instituto que ya confundía la apariencia con la sustancia.
No cuestiono tu derecho a defender esas ideas. Cuestiono la facilidad con la que algunos convierten sus convicciones públicas en un escaparate de superioridad moral.
Porque hablar de familia no convierte automáticamente a nadie en un ejemplo familiar. Defender la educación no acredita formación. Y reivindicar el esfuerzo no demuestra haberlo practicado.
La coherencia exige algo más que una pulsera y un discurso.
Recuerdo también historias que circularon sobre tus primeros trabajos y episodios de tu vida personal. No voy a convertir rumores ni asuntos familiares en acusaciones públicas. Para eso hacen falta pruebas, no recuerdos de instituto.
Lo que sí puedo juzgar es el contraste entre aquel compañero que conocí y el personaje público que hoy contemplamos.
Hay quienes ascienden socialmente sin renunciar a sus raíces y quienes, antes de subir un solo escalón, empiezan por despreciar la escalera.
Quizá lo más sorprendente no sea tu transformación política. Las personas cambian, evolucionan y tienen derecho a modificar sus ideas.
Lo verdaderamente llamativo es esa necesidad de representar permanentemente algo.
Antes era el Barbour. Ahora, la pulsera.
Antes, «Residencial Las Aves». Ahora, las grandes lecciones sobre cómo debe vivir una sociedad.
Siempre la misma preocupación por el envoltorio.
Y eso que la dignidad no necesita marcas, los principios no se compran y la autoridad moral no se adquiere en una relojería.
La verdadera elegancia consiste en no avergonzarse nunca de quién eres ni de dónde vienes.
Me caías bien.
De verdad.
Pero hay algo que todavía me produce más tristeza que tu transformación: pensar que aquel muchacho de Los Pajaritos quizá habría sido mucho más interesante si nunca hubiera sentido la necesidad de inventarse otro.
Porque, querido antiguo compañero, no hacía falta que dejaras de ser quien eras.
Hacía falta que aprendieras a estar orgulloso de ello.
Y eso, desgraciadamente, no lo venden con el Barbour.









