El nuevo primer ministro británico, Andy Burnham, ha decidido convertir las primeras semanas de su mandato en una demostración de proximidad política. Durante el receso parlamentario de agosto, el jefe del Gobierno recorrerá distintos puntos del Reino Unido para reunirse con ciudadanos y comunidades alejadas del centro político de Westminster. La estrategia pretende reforzar su imagen de dirigente accesible y, al mismo tiempo, recuperar la confianza de sectores que durante los últimos años se han distanciado del Partido Laborista.
La ruta incluye territorios especialmente significativos para el laborismo, desde el denominado Red Wall hasta antiguas zonas industriales que han sufrido décadas de transformación económica. Entre ellas se encuentra Port Talbot, en Gales, antiguo símbolo de la industria siderúrgica británica. La elección de estos lugares responde a una idea que Burnham ha convertido en una de sus principales banderas: el poder no debería permanecer concentrado en Westminster cuando las necesidades de las comunidades británicas son profundamente diferentes.
La gira llega después de un comienzo de mandato marcado por anuncios concretos destinados a aliviar el coste de vida. El Ejecutivo ha eliminado el IVA de las facturas eléctricas, ha reducido las tarifas de autobús y ha planteado una rebaja de los business rates que afectan a pubs y establecimientos de ocio. También prepara medidas contra la denominada «trampa de las suscripciones», mediante procedimientos más sencillos para cancelar servicios que se renuevan automáticamente.
Son decisiones cuyo impacto económico inmediato es limitado, pero que tienen una evidente utilidad política: transformar conceptos abstractos en pequeñas mejoras reconocibles por los ciudadanos. El Gobierno pretende transmitir así una idea sencilla: después de años de frustración acumulada, la política puede volver a ocuparse de problemas cotidianos.
La urgencia no es menor. Un sondeo de Ipsos sitúa a la economía como principal preocupación del 30% de los británicos, mientras otro 22% identifica específicamente la inflación y la presión sobre los precios. Burnham ha prometido presentar antes de finalizar el año un plan de diez años destinado a orientar su proyecto de Gobierno.
Su recuperación política también resulta significativa. El Labour, que llegó a caer por detrás de Reform UK, de Nigel Farage, y de los Verdes, ha recuperado parte del terreno perdido desde la llegada de Burnham a Downing Street. Pero la remontada sigue siendo frágil y dependerá de algo más difícil que una buena campaña de comunicación: gobernar cuando las decisiones tengan costes.
El momento decisivo llegará con los presupuestos del 28 de octubre. Con una deuda pública cercana al 95%, el margen financiero del Ejecutivo es reducido y la promesa de transformar el país deberá enfrentarse a la aritmética fiscal.
Por ahora, Burnham ha elegido escuchar antes de explicar, viajar antes de encerrarse y hablar con ciudadanos antes que con los pasillos de Westminster. La cuestión será si esa proximidad consigue convertirse en una política duradera cuando termine el verano y empiece la parte menos fotogénica del poder: decidir qué promesas pueden pagarse y cuáles tendrán que esperar.









