«Hay que aniquilarles». La última barbaridad del agitador de extrema derecha no es un arrebato aislado. Es otro episodio de una trayectoria marcada por el señalamiento, las provocaciones y los enfrentamientos judiciales. Y lo más preocupante es que cada vez haya más gente dispuesta a aplaudirlo. FACUA lo ha denunciado por delito de odio.
Hay personajes que viven de informar. Otros, de opinar. Y luego están quienes han descubierto que provocar, insultar y generar una bronca detrás de otra puede resultar mucho más rentable.
Vito Quiles pertenece a esta última categoría.
Su última exhibición resulta especialmente repugnante.
Después de la muerte de Maricarmen, la mujer de 87 años desahuciada de la vivienda en la que había vivido durante décadas, Quiles difundió la insinuación de que la izquierda podría haberla asesinado para obtener un beneficio electoral.
Sin pruebas. Sin pudor. Y con una mujer recién fallecida convertida en munición política.
Después llegó la frase: «Contra los zurdos de mierda no puede haber piedad. Hay que aniquilarles o acabarán con todo».
Aniquilarles.
No derrotarlos en las urnas. No combatir sus ideas. No convencer a los ciudadanos de que están equivocados.
Aniquilarles.
FACUA ha presentado una denuncia contra Quiles por un presunto delito de odio ideológico. Será la Justicia quien determine si esas palabras tienen consecuencias penales. Pero para calificarlas políticamente no hace falta esperar a ningún juez.
Son una barbaridad.
Y lo peor es que no estamos ante un calentón aislado.
Quiles lleva tiempo haciendo de la provocación su particular forma de intervenir en la vida pública. Una jueza de Sevilla lo procesó este año por presuntas injurias y calumnias contra Rubén Sánchez, secretario general de FACUA, después de una sucesión de acusaciones públicas. También ha tenido que comparecer judicialmente por la difusión de datos relacionados con el domicilio de Beatriz Corredor, presidenta de Redeia.
Su gira por universidades dejó otra imagen de ese mismo método: convocatorias, protestas, enfrentamientos y vídeos que inmediatamente alimentaban el relato de que alguien pretendía silenciarlo. El conflicto terminaba siendo más importante que cualquier supuesto debate.
Porque esa es la cuestión.
La bronca no es un accidente. La bronca es el producto.
Se provoca, alguien responde, se graba la reacción y después se difunde el vídeo presentando al provocador como víctima.
Y vuelta a empezar.
Por eso llamarlo simplemente periodista resulta insuficiente para entender el fenómeno. Quiles se ha convertido fundamentalmente en un agitador ultra que utiliza técnicas y formatos periodísticos para alimentar una confrontación política permanente.
Y casi siempre aparece la bandera.
España alrededor del cuello. España en el megáfono. España como decorado.
Pero convendría recordarle algo: España también somos los que pensamos de izquierdas.
España es la feminista, el sindicalista, el trabajador que hace huelga, el jubilado que vota al PSOE, la chica que vota a Podemos, el homosexual que celebra el Orgullo y también el conservador que jamás pediría «aniquilar» a quien piensa distinto.
La bandera no convierte una barbaridad en patriotismo.
Y gritar más fuerte tampoco te hace tener más razón.
Lo sucedido con Maricarmen resulta todavía más miserable porque había una historia real detrás que merecía ser contada. Una mujer de 87 años había perdido la casa en la que había pasado buena parte de su vida y murió días después.
Podíamos hablar de vivienda. De desahucios. De especulación. De la protección que ofrecemos a nuestros mayores.
Pero la máquina del fango necesitaba otra cosa.
Necesitaba culpables.
Necesitaba conspiraciones.
Necesitaba odio.
Y encontró incluso en la muerte de una anciana material suficiente para seguir funcionando.
El problema, por tanto, no es únicamente Vito Quiles.
El problema es que hemos creado un ecosistema en el que cuanto más brutal sea el mensaje, más posibilidades tiene de hacerse viral. El insulto genera clics. La humillación produce vídeos. El odio consigue seguidores.
Y después nos sorprendemos de que haya jóvenes que empiecen a pensar que hacer política consiste en ponerse delante de alguien con un teléfono y gritarle hasta conseguir una reacción.
Eso no es valentía.
Y tampoco es periodismo.
Es agitación.
Vito Quiles podrá seguir levantando su megáfono y envolviéndose en la bandera que quiera.
Pero hay una frase que debería perseguir políticamente a cualquiera que aspire a participar en una sociedad democrática:
«Hay que aniquilarles».
No sé qué decidirán los tribunales.
Lo que sí sé es que una democracia empieza a tener un problema serio cuando dejamos de escandalizarnos al escuchar algo así.
Porque el problema no es que Vito Quiles grite. El problema es que empecemos a considerar normal lo que grita.









