La capital regional se acerca al medio millón de habitantes y afronta una transformación urbana que marcará las próximas décadas. Crecer puede ser una buena noticia, pero solo lo será de verdad si vivienda, transporte, zonas verdes y servicios públicos avanzan al mismo ritmo que los nuevos edificios.
Murcia está creciendo. Se nota en las nuevas promociones de viviendas, en barrios que hace no tantos años parecían estar en los límites de la ciudad y hoy forman parte de su continuidad urbana, en el tráfico de cada mañana y en una población que sigue aumentando.
El municipio contabilizaba 479.491 habitantes en el padrón de 2025, después de sumar otros 4.657 vecinos en un solo año. Y hay un dato que ayuda a comprender qué clase de municipio es Murcia: más del 71% de la población vive en las pedanías.
Por eso, cuando hablamos del crecimiento de Murcia, creo que cometemos un error si pensamos solamente en construir más viviendas.
Una ciudad no mejora porque tenga más grúas.
Mejora cuando quienes viven en ella pueden hacerlo mejor.
Y esa diferencia, que parece evidente, debería estar en el centro del debate sobre la Murcia que queremos para los próximos veinte o treinta años.
Construir viviendas no es construir ciudad
Murcia necesita vivienda. Negarlo sería absurdo.
Especialmente necesitan vivienda los jóvenes, que se encuentran con precios cada vez más difíciles de asumir y con enormes dificultades para independizarse.
Por tanto, habrá que construir.
El propio nuevo Plan General que prepara el Ayuntamiento plantea el acceso a la vivienda y la movilidad como dos de los grandes desafíos del desarrollo futuro del municipio.
Pero una cosa es levantar viviendas y otra bastante distinta crear barrios.
Un barrio necesita colegio, centro de salud, comercio, árboles, transporte público, instalaciones deportivas, espacios para los mayores y lugares donde los niños puedan jugar.
Necesita aceras por las que caminar.
Y necesita algo que muchas veces olvidamos cuando diseñamos una ciudad sobre un plano: necesita vida.
Porque podemos construir cientos de pisos magníficos y acabar creando lugares donde para comprar el pan, llevar al niño al colegio o ir a trabajar resulte imprescindible coger el coche.
Eso no es progreso urbano.
Es simplemente expansión.
Murcia tiene un problema especial: su enorme extensión
Además, Murcia no puede copiar sin más el modelo de otras capitales.
Nuestro municipio es extraordinariamente disperso. Tenemos un casco urbano y alrededor una extensa red de pedanías que forman parte de la misma ciudad administrativa, pero cuyos vecinos no siempre disfrutan de las mismas posibilidades.
Y ahí está uno de los grandes retos.
Un vecino de El Palmar, Espinardo, Puente Tocinos, Cabezo de Torres o cualquiera de las numerosas pedanías no debería sentirse ciudadano de segunda dependiendo de dónde viva.
El Ayuntamiento prepara precisamente una profunda transformación del transporte público, con más de 1.500 expediciones diarias, nuevas conexiones y líneas transversales entre pedanías que evitarán tener que pasar siempre por el centro.
Me parece una dirección acertada.
Pero habrá que comprobar cómo funciona cuando llegue el momento.
Porque durante demasiado tiempo hemos cometido el error de pedir al ciudadano que utilice menos el coche sin ofrecerle siempre una alternativa suficientemente buena.
Si un autobús tarda demasiado, pasa con poca frecuencia o obliga a realizar varios transbordos, el ciudadano utilizará su vehículo.
No porque tenga una obsesión con el coche.
Porque necesita llegar a trabajar.
Una ciudad para caminar, no solo para circular
También deberíamos preguntarnos cuánto espacio queremos dedicar a las personas.
Murcia tiene unas condiciones climáticas difíciles durante una parte importante del año. Todos sabemos lo que significa caminar por determinadas calles a las cuatro de la tarde en julio o agosto.
Por eso hablar de árboles y sombra no es decoración urbana.
Es calidad de vida.
El Ayuntamiento asegura que desde 2017 se han plantado más de 37.000 árboles dentro de su estrategia de renaturalización y mantiene el objetivo de duplicar la masa verde del municipio antes de 2030.
Bienvenido sea.
Pero los árboles tendrán que estar precisamente donde hacen falta: en las calles, plazas, colegios, barrios y pedanías donde las personas desarrollan su vida.
Una ciudad mediterránea como Murcia debería convertir la sombra en una infraestructura pública tan necesaria como una acera.
Y está la Huerta
Hay otra cuestión que Murcia no puede tratar como si fuera un inconveniente para su expansión.
La Huerta forma parte de nuestra identidad.
Durante décadas hemos ido viendo cómo la ciudad avanzaba mientras desaparecían terrenos agrícolas, acequias y elementos de un paisaje que explica buena parte de nuestra historia.
No podemos conservar absolutamente todo. Las ciudades cambian y necesitan crecer.
Pero tampoco podemos descubrir dentro de treinta años que, mientras buscábamos una Murcia moderna, terminamos destruyendo aquello que hacía diferente a Murcia.
El nuevo Plan General pretende precisamente abordar conjuntamente crecimiento poblacional, movilidad, protección de la Huerta y adaptación al cambio climático.
Ese equilibrio será probablemente una de las decisiones más importantes que deberá tomar la ciudad.
Crecer hacia el sur, pero crecer bien
La expansión hacia el sur aparece ya como una de las grandes apuestas del futuro planeamiento municipal. El Ayuntamiento la presenta como una oportunidad para generar vivienda, actividad económica y nuevas conexiones entre barrios.
Puede serlo.
Pero deberíamos aprender de los errores que han cometido tantas ciudades españolas.
Primero construir miles de viviendas y después preguntarse dónde ponemos el colegio, cómo hacemos llegar el autobús o por qué se colapsa la carretera de acceso es exactamente el orden contrario al que debería seguirse.
Los servicios tienen que llegar con los vecinos, no diez años después.
La calidad de vida no se mide en metros cuadrados construidos
Yo quiero que Murcia crezca.
Quiero una capital dinámica, capaz de atraer empresas, crear empleo, ofrecer vivienda y retener a los jóvenes que ahora muchas veces tienen que marcharse para encontrar oportunidades.
Pero no quiero que confundamos crecimiento con éxito.
Una ciudad puede aumentar su población y empeorar al mismo tiempo la vida de sus habitantes.
Puede tener más edificios y menos árboles.
Más carreteras y más atascos.
Más viviendas y menos posibilidades de pagarlas.
Más población y peores servicios.
Y puede tener barrios nuevos extraordinariamente bonitos en las fotografías promocionales donde después resulte imposible vivir sin dos coches por familia.
Por eso creo que la Murcia del futuro no debería medirse por cuánto crece, sino por cómo crece.
La ciudad que dejaremos después
Murcia está ahora revisando su Plan General, el documento que condicionará buena parte del desarrollo urbano de las próximas décadas. Durante 2026 se ha abierto además un proceso de participación ciudadana y de consulta a expertos sobre vivienda, movilidad, Huerta, actividad económica y cohesión territorial.
No estamos hablando, por tanto, de una discusión teórica.
Las decisiones que se adopten ahora determinarán cómo será Murcia cuando muchos de nosotros seamos mayores y, sobre todo, cómo vivirán nuestros hijos y nuestros nietos.
Y quizá esa debería ser la pregunta que estuviera encima de cualquier plano urbanístico.
No cuántas viviendas caben aquí.
No cuántos coches pueden circular por esta avenida.
Ni siquiera cuántos habitantes puede alcanzar Murcia.
La pregunta debería ser mucho más sencilla:
¿Será agradable vivir aquí dentro de veinte años?
Si conseguimos responder que sí, Murcia habrá crecido bien.
Si la respuesta termina dependiendo del barrio, de la pedanía o del dinero que tenga cada familia, entonces podremos haber construido una ciudad más grande.
Pero difícilmente podremos decir que hemos construido una ciudad mejor.









