Colombia y el regreso de la vieja pedagogía del miedo
La victoria de Abelardo de la Espriella en la segunda vuelta presidencial colombiana permite dos lecturas. La superficial, cómoda y bastante inútil, dice que la ultraderecha ganó y que América Latina vuelve a girar hacia el conservadurismo. La lectura seria obliga a detenerse un poco más: sí, la ultraderecha venció, pero lo hizo por un margen mínimo, en una elección de participación histórica, frente a una izquierda que no fue barrida, sino confirmada como una fuerza de masas. Colombia no ha asistido a una restauración pacífica del viejo orden, sino a la exhibición de un país partido en dos proyectos de sociedad.
Ese dato importa porque desmonta la euforia de los vencedores. La derecha radical logró convertir el cansancio social, la inseguridad y la frustración económica en capital político. Volvió a vender el producto clásico del conservadurismo latinoamericano: la promesa de orden para sociedades entrenadas a temer la igualdad más de lo que temen la injusticia. Pero la otra mitad del país votó precisamente contra esa lógica. Votó por la idea de que la democracia debe servir para algo más que elegir cada cuatro años al próximo administrador de la desigualdad.
Para entender esa escena conviene salir de Colombia y regresar a la historia continental. Porque la ultraderecha latinoamericana no nació en una tertulia televisiva ni en una red social. Tiene genealogía. Su álbum familiar está lleno de golpes de Estado, de pánicos morales fabricados desde arriba y de economistas presentados como cirujanos neutrales mientras amputaban derechos. El gran laboratorio fue Chile. Allí, los Chicago Boys no llegaron como simples técnicos, sino como el brazo académico de una reingeniería social protegida por la dictadura de Pinochet. El neoliberalismo no se implantó por la persuasión, sino por la coerción: primero el golpe, luego la disciplina, después la privatización, y finalmente la desigualdad presentada como si fuera una ley de la naturaleza.
Ese legado sigue vivo. América Latina no heredó sólo dictaduras; heredó una pedagogía del miedo que enseñó a sospechar del Estado social, a tratar la redistribución como una herejía y a confundir libertad con desprotección. Heredó también la costumbre de responder a las ruinas del mercado con más mercado, y a las fracturas sociales con más castigo. Por eso Colombia importa: porque muestra que esa vieja gramática sigue funcionando, pero ya no gobierna sobre una izquierda folclórica o marginal. Gobierna frente a una izquierda que se ha convertido en estructura, en memoria electoral, en mitad del país.
No sería serio negar el viento de época. La región se ha movido a la derecha: Milei en Argentina, Bukele como fetiche continental del autoritarismo eficaz, derechas empresariales reorganizadas y una diplomacia progresista más aislada. Pero tampoco sería serio fingir que el continente se ha rendido. La elección colombiana demuestra exactamente lo contrario: la reacción avanza, sí, pero avanza sobre un territorio en disputa. Y esa disputa ya no se agota en Bogotá. Conduce, inevitablemente, a otra pregunta: si Colombia es el síntoma, ¿dónde está hoy el verdadero centro de gravedad de América Latina?
Brasil, o por qué el futuro de la región ya no se decide sólo en Cuba ni en Colombia
Durante décadas, Cuba fue el gran símbolo político de América Latina: resistencia, asedio, soberanía, hambre, dignidad y castigo imperial condensados en una sola isla. Y sigue siéndolo, en parte. Sería obsceno negar la gravedad de su deterioro económico o hablar del bloqueo como si fuera una travesura administrativa. Pero el eje decisivo de la disputa latinoamericana ya no está sólo en La Habana, ni siquiera en la Colombia que acaba de elegir a un presidente ultraderechista. Ese eje se llama Brasil.
Brasil no es únicamente un país más del tablero: es el tablero sin el cual el valor del resto de las piezas cambia. Es la mayor economía de la región, su principal potencia demográfica, un actor diplomático de escala continental y el único país latinoamericano con capacidad real para irradiar un proyecto político más allá de sus fronteras. Por eso, cuando Brasil se entrega a la extrema derecha, no cambia sólo de gobierno: se desplaza el centro de gravedad de toda América Latina. Y cuando Brasil sostiene una opción progresista, no resuelve por arte de magia los problemas del continente, pero sí impide que la restauración conservadora se presente como destino natural.
Ahí reside la importancia de Lula mucho más allá del lulismo. No porque sea un mesías ni porque Brasil haya resuelto sus miserias estructurales, sino porque, en un momento en que la ultraderecha vuelve a ganar terreno y la izquierda regional corre el riesgo de convertirse en mera administradora de derrotas, Brasil sigue siendo el único gran dique con volumen suficiente para convertir la resistencia en horizonte y no sólo en nostalgia. La reacción continental lo sabe perfectamente. Sabe que Colombia importa, pero que Brasil decide.
Ese es el verdadero botín: neutralizar la capacidad brasileña de funcionar como referencia regional, de sostener una conversación continental sobre redistribución, integración y soberanía, de impedir que el neoliberalismo vuelva a venderse como única forma adulta de organizar la vida colectiva. Si Brasil cae de nuevo en manos de una extrema derecha capaz de combinar fanatismo moral, obediencia financiera y pulsión autoritaria, la región no sólo perderá un gobierno progresista: perderá un centro de gravedad. Y la restauración oligárquica podrá presentarse, con su habitual sonrisa higiénica, como el único clima posible.
Por eso la elección colombiana importa tanto: porque advierte de lo que puede ocurrir cuando el miedo consigue parecer más razonable que la esperanza. Pero también porque deja una enseñanza útil: la izquierda ya no es una nota al pie de la historia latinoamericana. Es una fuerza de masas que puede perder gobiernos sin desaparecer del mapa. La batalla, por tanto, no ha terminado; apenas ha cambiado de escenario principal.
La historia reciente de América Latina —de Pinochet y los Chicago Boys a la nueva ofensiva de las derechas radicales— desemboca hoy en una pregunta mucho más severa que la simple alternancia electoral: si el continente va a resignarse a ser administrado por herederos más amables del viejo autoritarismo económico o si todavía conserva la voluntad de disputar la riqueza, el Estado y la democracia en nombre de las mayorías. Y esa pregunta, hoy, se responde sobre todo en Brasil.









