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Cuarenta y siete al día: la guerra y el orden que decide quién muere

Estella BrancoporEstella Branco
mayo 3, 2026
en Columnistas, Opinión
Tiempo de lectura: 3 mins lectura
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Cuarenta y siete al día: la guerra y el orden que decide quién muere
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Cuarenta y siete. No es una cifra abstracta, ni un recurso retórico. Es un promedio: 47 mujeres y niñas asesinadas cada día en contextos de guerra entre 2023 y 2025. Más de 38 mil en Gaza. La contabilidad del horror suele esconderse detrás de palabras técnicas —“conflicto”, “operación”, “daños colaterales”—, como si nombrar la violencia en voz baja pudiera volverla menos real. Pero no lo hace. Solo la vuelve más tolerable para quienes no la padecen.

Porque no, no es un accidente. No es una desviación. Es una estructura. La violencia de género no desaparece cuando estalla una guerra; se reorganiza dentro de ella. Lo que en tiempos de paz ya es desigualdad, en la guerra se convierte en sentencia. Los cuerpos de las mujeres dejan de ser invisibles para convertirse en territorio: se ocupan, se destruyen, se disciplinan. Se les arrebata la casa, el hospital, la calle, y finalmente, la vida. Y en ese tránsito, como advierte Canción Sin Miedo, “nos sembraron miedo, nos crecieron alas”: incluso bajo la violencia, surge una resistencia que incomoda.

En Gaza, un millón de mujeres y niñas han sido desplazadas. Más de 500 mil no tienen acceso a servicios básicos de salud. La maternidad se convierte en riesgo, el cuerpo en fragilidad permanente. No es solo la bala la que mata; es la ausencia de agua, de atención médica, de refugio. Es la suma de todas las negligencias convertidas en política. Porque, como repite la canción, “a cada minuto de cada semana nos roban amigas, nos matan hermanas”, y la repetición deja de ser metáfora para convertirse en estadística.

La guerra selecciona. Decide quién puede huir y quién no. Quién puede reconstruir y quién apenas sobrevive. Y en esa selección, las mujeres —sobre todo las más pobres, las más desplazadas, las más invisibles— ocupan siempre el mismo lugar: el de lo sacrificable. Se habla de geopolítica como si fuera ajena a los cuerpos, como si los mapas no estuvieran dibujados sobre vidas concretas. Pero cada frontera, cada bloqueo, cada bombardeo, reorganiza también las jerarquías de quién importa. Por eso el reclamo no es solo emocional, es profundamente político: “no olviden sus nombres, por favor, señor presidente”, porque olvidar es otra forma de perpetuar la violencia.

Hay una tentación recurrente en el lenguaje internacional: tratar estas cifras como inevitables. Convertirlas en estadísticas, en informes, en debates técnicos. Pero detrás de cada número hay una historia interrumpida, una vida que no vuelve. Y si algo revela la guerra con brutal claridad es que ese orden no es neutro. Funciona, decide, prioriza. Como si, en algún lugar, alguien hubiera aceptado que hay vidas que pueden perderse sin alterar demasiado el equilibrio global.

Frente a eso, la respuesta no es silenciosa. Es colectiva. “Cantamos sin miedo, pedimos justicia, gritamos por cada desaparecida”. No es solo un estribillo: es una forma de romper la normalización. Es también una advertencia: “si tocan a una, respondemos todas”, porque la violencia individual siempre ha sido un problema colectivo.

Por eso la frase resuena más allá de cualquier país: “nos queremos vivas”. No como consigna vacía, sino como exigencia política frente a un sistema que ha aprendido a convivir con la muerte de las mujeres. La guerra no crea esa lógica; la expone sin filtros, la vuelve imposible de negar.

Y ahí radica su incomodidad.

Porque obliga a mirar de frente lo que siempre estuvo ahí: que la violencia contra las mujeres no es una excepción del mundo, sino una de sus estructuras más persistentes. Que incluso cuando el discurso habla de paz, desarrollo o estabilidad, hay una violencia que sigue operando, constante, silenciosa, eficiente.

La pregunta, entonces, ya no es cuántas más tendrán que morir para que el dato deje de ser noticia. La pregunta es cuánto tiempo más vamos a seguir llamando “conflicto” a un sistema que, hace mucho, decidió quiénes son las que no vuelven.

Y mientras tanto, como un eco que atraviesa fronteras y guerras, insiste: “que retumbe fuerte: ¡nos queremos vivas!”.

Nota: La música a la que se hace referencia en este texto es Canción Sin Miedo (part. El Palomar) – Vivir Quintana.

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Estella Branco

Estella Branco

Graduada en Derecho, con investigación académica centrada en Derecho Digital y delitos de género. Experiencia en la producción de contenidos jurídicos e institucionales-administrativos. Columnista en la sección internacional del diario Crónica de Andalucía y directora de contenidos en el diario ContraPunt.cat. Gran interés por la comunicación, expresando análisis crítico a través de artículos de opinión y temas de actualidad en la política mundial. Dominio del inglés, español y portugués.

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