Brasil ha vivido muchas vidas en apenas seis décadas. Conoció la dictadura militar entre 1964 y 1985, recuperó la democracia y atravesó después períodos marcados por la inflación, la desigualdad, la pobreza y la inestabilidad. Durante demasiado tiempo fue aquel gigante al que todos llamaban «el país del futuro», como si su futuro estuviera siempre a punto de llegar, pero nunca terminara de hacerlo.
Hasta que llegó Lula.
Luiz Inácio Lula da Silva llegó desde Pernambuco, desde la pobreza, desde una fábrica y desde el sindicalismo. Aquel metalúrgico que encabezó las grandes huelgas obreras y sufrió prisión durante la dictadura terminó entrando en el Palacio del Planalto en 2003. Con él llegó también una nueva etapa para un país que llevaba décadas intentando demostrar que podía dejar atrás la condición de promesa permanente.
Brasil cambió. Bolsa Família, el crecimiento económico, la generación de empleo, el aumento de los ingresos y la expansión de las políticas sociales permitieron que millones de brasileños mejoraran sus condiciones de vida. No hacen falta aquí grandes estadísticas, porque detrás de cada cifra había una familia que podía comer mejor, un niño que permanecía en la escuela, una madre que podía llevarlo al médico y millones de personas que comenzaron a imaginar que sus hijos podían tener una vida mejor que la suya.
Pero aquel cambio no fue solamente social. Brasil comenzó también a ocupar un lugar diferente en el mundo. El BRIC —Brasil, Rusia, India y China— dejó de ser únicamente un concepto económico para convertirse progresivamente en un espacio de articulación de las grandes potencias emergentes. Brasil hablaba con Washington, Pekín, Moscú, Europa, África y América Latina desde una posición de mayor autonomía, intentando construir una política exterior capaz de dialogar con todos sin aceptar tutelas.
Sin pedir permiso. Sin aceptar subordinaciones.
Después llegaron la desaceleración económica, los escándalos de corrupción, la destitución de Dilma Rousseff y una profunda fractura política que atravesó la sociedad brasileña. En ese contexto apareció Lava Jato, una operación judicial que terminó teniendo consecuencias extraordinarias sobre el escenario político del país.
Lula fue investigado, condenado, encarcelado e impedido de concurrir a las elecciones de 2018. Jair Bolsonaro ganó aquellas elecciones y nombró ministro de Justicia precisamente al juez que había condenado a Lula: Sérgio Moro. Años después, las condenas contra Lula fueron anuladas y el Supremo Tribunal Federal declaró parcial a Moro en el proceso del tríplex. Naciones Unidas también concluyó que habían sido vulnerados derechos de Lula relacionados con la imparcialidad judicial, la presunción de inocencia y sus derechos políticos.
Brasil se convirtió así en uno de los grandes escenarios contemporáneos del debate sobre el lawfare: hasta dónde puede llegar la instrumentalización de los procedimientos judiciales cuando sus consecuencias terminan alterando la vida política y democrática de un país. Más allá de las posiciones partidistas, aquel episodio dejó una pregunta que continúa siendo fundamental para cualquier democracia: ¿qué ocurre cuando la justicia deja de ser percibida como una garantía y comienza a convertirse en una herramienta de disputa por el poder?
Después llegó Bolsonaro.
Su Presidencia significó un profundo cambio de orientación política, social e internacional. Se modificaron políticas sociales y Bolsa Família fue sustituido por Auxílio Brasil, mientras la pandemia golpeaba brutalmente a la sanidad, la educación y, especialmente, a quienes menos tenían. La crisis sanitaria dejó heridas profundas y expuso, una vez más, las desigualdades estructurales de una sociedad demasiado acostumbrada a convivir con ellas.
También cambió la presencia brasileña en el mundo. Aquel país que había aspirado a desarrollar una política exterior autónoma, multilateral y capaz de dialogar con diferentes bloques perdió parte de aquella iniciativa internacional. Brasil dejó de ocupar, en determinados momentos, el espacio diplomático que había conquistado durante los primeros gobiernos de Lula.
Y Lula volvió.
Pero no quiero convertir estas líneas en un inventario de cifras, ni siquiera en una biografía política de Lula. Quiero hablar de un país. Del brasileño que madruga, de la mujer que sostiene una familia, del trabajador, del maestro, del sanitario, del pequeño empresario, del agricultor y del estudiante. De quienes trabajan, crean, comparten, ayudan y, a pesar de las dificultades, todavía conservan esa extraordinaria capacidad de imaginar que mañana puede ser mejor que hoy.
Porque Brasil también se explica cantando.
Chico Buarque hizo de la libertad y de la resistencia parte de la memoria sentimental de su país. Gilberto Gil convirtió la diversidad en una manera de entender Brasil. Caetano Veloso demostró que se puede amar profundamente una tierra y, precisamente por amarla, interrogarla, cuestionarla y exigirle más. Milton Nascimento hizo de la fraternidad una música capaz de atravesar fronteras.
En la música, en la literatura, en el cine, en la cultura popular y en la vida cotidiana existe un Brasil que no cabe en las disputas electorales. Es el Brasil que se reinventa, que mezcla mundos, que transforma la dificultad en creatividad y que, incluso después de atravesar crisis profundas, sigue encontrando motivos para celebrar.
En 2022 regresó también aquella vieja idea que había acompañado electoralmente a Lula: Sem medo de ser feliz. Sin miedo a ser feliz.
Quizá eso sea precisamente lo que necesita este país.
Menos odio y más encuentro. Menos trincheras y más cooperación. Menos ciudadanos enfrentados como enemigos y más brasileños capaces de reconocerse como compatriotas. La democracia no exige que una sociedad piense igual; exige que quienes piensan diferente puedan seguir compartiendo un mismo país.
Porque ser patriota no consiste solamente en levantar una bandera. Patriotismo es conseguir que nadie tenga que mirarla con hambre. Es defender la educación y la sanidad, combatir la pobreza, proteger la Amazonia, respetar al que piensa diferente, defender las instituciones democráticas y conseguir que Brasil pueda hablar con cualquier potencia del planeta sin convertirse en subordinado de ninguna.
Brasil no necesita elegir entre Washington y Pekín. Brasil necesita elegir Brasil.
Esa soberanía importa especialmente hoy. Las acusaciones sobre posibles injerencias extranjeras deben investigarse con rigor y demostrarse con pruebas; nunca deberían convertirse en certezas antes de tiempo ni utilizarse como instrumento de propaganda. Pero existe un principio que no admite discusión democrática: el futuro brasileño corresponde exclusivamente a los brasileños.
Ningún interés extranjero debería decidirlo. Ni Estados Unidos, ni China, ni Rusia, ni ninguna otra potencia. La soberanía de Brasil comienza precisamente donde termina el derecho de cualquier poder extranjero a decidir por los brasileños.
Y aquí tengo que abandonar por un momento el análisis político.

Porque cuando pienso en Brasil aparece inevitablemente la imagen de ese hombre bajito, inteligente, audaz y de mirada limpia. Tuve la oportunidad de compartir momentos con Lula en tres ocasiones, pero hay una que permanece especialmente viva en mi memoria.
Fue en Cádiz.
Estábamos junto a Paulo César de Oliveira Campos, POC. Paseábamos por la ciudad cuando Lula me puso un brazo sobre el hombro y comenzó a hablarme de su país. No recuerdo aquel instante por el protocolo, ni siquiera por estar junto a quien había sido presidente de Brasil. Lo recuerdo por la manera en que hablaba de su tierra.
Noté a un hombre enamorado de Brasil.
Hablaba de su país como quien habla de algo que lleva dentro. Y comprendí que aquel metalúrgico, con todas sus contradicciones, sus aciertos y sus errores, formaba parte también del alma de ese Brasil trabajador que cae y vuelve a levantarse, que comparte, que ayuda y que todavía conserva intacta la capacidad de soñar.
Y ese Brasil forma parte también de mi propia vida.
Es el Brasil que tanto me une, que tanto me ha enamorado y que tanto me ha dado. Me ha dado amigos, experiencias, compromiso, ideología y, sobre todo, amor. Por eso escribo estas palabras no solamente desde la política, sino también desde el corazón.
Mañana los brasileños y las brasileñas vuelven a encontrarse ante las urnas. La decisión es exclusivamente suya. Podrán discrepar, discutir y votar diferente. Eso también es democracia. Pero después tendrán que volver a encontrarse, porque un país no puede construirse eternamente enfrentando una mitad contra la otra.
Brasil necesita mirarse. Necesita reconocerse. Necesita recordar de dónde viene y decidir adónde quiere ir.
El futuro de Brasil comenzará cuando cada brasileño deje de mirar al otro como un enemigo y vuelva a reconocerlo como un compatriota. Quizá entonces vuelva a tener pleno sentido aquella sencilla invitación que tantas veces acompañó la esperanza de un país entero: Sem medo de ser feliz. Sin miedo a ser feliz.
Brasil esperó demasiado a que llegara su futuro. Ahora tiene que construirlo.
Con democracia, con soberanía, con solidaridad y con esperanza.
Y siendo, por encima de todo, Brasil.









