La sociedad debe ir encaminada a que «el Orgullo» sea cotidiano
Hay un banco en casi todas las plazas. No es el más bonito ni el más antiguo. Tampoco tiene ninguna placa que recuerde un hecho histórico. Simplemente está ahí, viendo pasar los días. Por la mañana se sienta un jubilado a leer el periódico. Después llega una madre con un carrito. A media tarde dos adolescentes ocupan el extremo más cercano a la sombra. Hablan, se ríen, se rozan las manos durante unos segundos y vuelven a mirar al frente. Nadie los observa. Nadie convierte ese gesto en noticia. Quizá porque las sociedades más libres no son aquellas donde ocurren cosas extraordinarias, sino aquellas donde lo extraordinario deja de llamar la atención.
El 28 de junio suele llegar acompañado de banderas, de balcones engalanados, de actos institucionales, de manifestaciones, de conciertos y de debates que, año tras año, vuelven a ocupar titulares y conversaciones. Es lógico que así sea. Toda sociedad necesita fechas que le recuerden el camino recorrido y también aquel que todavía queda por recorrer. Sin embargo, hay algo del Orgullo que siempre me ha parecido más profundo que todo aquello que puede fotografiar una cámara. No está en el color de una bandera ni en el volumen de una música. Está en esos pequeños gestos cotidianos que hace apenas unas décadas eran impensables para demasiadas personas.
Hubo un tiempo en el que caminar de la mano podía convertirse en un acto de valentía. No porque el gesto fuera distinto, sino porque la mirada de los demás sí lo era. Había calles por las que se transitaba con miedo, conversaciones que nunca llegaban a producirse en el ámbito familiar y silencios que acababan ocupando el lugar de las palabras. Muchas personas aprendieron demasiado pronto que esconder una parte de sí mismas parecía el precio necesario para evitar el rechazo. No hace falta remontarse siglos atrás para encontrar esas historias. Basta con hablar con quienes hoy peinan canas y recuerdan lo que suponía crecer sintiendo que debían ocultar quiénes eran para poder vivir con cierta tranquilidad.
Por eso el Orgullo nunca ha sido únicamente una celebración. Antes fue una respuesta al miedo. Una forma de decir que nadie debería verse obligado a pedir permiso para existir. Con el paso de los años, esa reivindicación ha ido transformándose al mismo ritmo que lo hacía la sociedad. España ha recorrido un camino extraordinario en materia de igualdad y reconocimiento de derechos, convirtiéndose en un referente internacional en muchos aspectos. Sería injusto no reconocerlo. Pero también sería ingenuo pensar que todas las barreras desaparecen el mismo día en que se aprueba una ley. Las leyes cambian las normas. Las personas cambian más despacio.
Quizá por eso las fechas como la del 28 de junio siguen teniendo sentido. No porque recuerden únicamente las conquistas alcanzadas por el Orgullo, sino porque nos obligan a preguntarnos qué tipo de sociedad queremos seguir construyendo. Una sociedad democrática no se mide solo por las libertades que proclama en sus textos legales. También se reconoce en la tranquilidad con la que cualquier ciudadano puede desarrollar su vida cotidiana sin sentir que debe justificar quién es, cómo ama o de qué manera decide compartir su existencia con otra persona.
Hay quien observa el Orgullo exclusivamente desde la confrontación política. Es una lástima. Porque cuando todo termina reduciéndose a una discusión entre unos y otros, se pierde de vista aquello que verdaderamente importa. Al final, ninguna democracia sale fortalecida cuando convierte la dignidad humana en un motivo de enfrentamiento permanente. Las diferencias ideológicas forman parte de cualquier sociedad plural. Lo que no debería admitir discusión es que todas las personas merecen el mismo respeto.
Quizá el verdadero éxito de esta jornada llegue el día en que deje de ser necesaria. No porque desaparezca de los calendarios, sino porque ya no haga falta recordar que nadie debe vivir con miedo por ser quien es. Tal vez entonces las banderas se conviertan únicamente en un recuerdo de un tiempo que supimos superar, igual que hoy contemplamos otras conquistas civiles que un día parecían inalcanzables y que ahora forman parte de la normalidad democrática. A eso aspira el Orgullo.
Mientras ese momento llega, conviene no perder de vista lo esencial.
Las sociedades no avanzan únicamente gracias a los grandes discursos ni a las decisiones históricas que llenan los libros. También progresan cuando consiguen que la vida cotidiana sea un poco más sencilla para quienes antes tenían que recorrerla con temor.
Cuando una pareja puede pasear sin sentirse observada. Cuando un adolescente deja de pensar que hay algo malo en él. Cuando una familia descubre que el amor nunca debería ser motivo de distancia. Cuando el respeto deja de depender de las circunstancias y se convierte en la forma natural de convivir.
Quizá esa sea la mejor imagen para recordar el Orgullo este 28 de junio. No una plaza llena ni una avenida cubierta de colores, sino una calle cualquiera de cualquier ciudad. Personas caminando con absoluta normalidad. Conversaciones que hablan de trabajo, de vacaciones o del calor del verano. La vida siguiendo su curso sin que nadie tenga que explicar quién es ni a quién quiere. Porque hay ocasiones en las que lo verdaderamente extraordinario consiste, precisamente, en no llamar la atención. Y pocas victorias democráticas resultan tan hermosas como esa.









