Para quien observa las elecciones brasileñas desde fuera, hay algo que puede resultar desconcertante desde el primer momento: en Brasil no se vota solamente por un presidente. En una misma visita a la cabina electoral, el ciudadano puede tener que realizar seis elecciones distintas, utilizar secuencias numéricas diferentes y decidir tanto sobre el Poder Ejecutivo como sobre la composición del Parlamento.
En las elecciones generales de 2026, el recorrido comienza con el diputado federal, continúa con el diputado estatal o distrital, sigue con dos candidatos al Senado y termina con gobernador y presidente de la República. El primer turno será el 4 de octubre y, si resulta necesario, el segundo turno para presidente y gobernadores tendrá lugar el 25 de octubre.
La particularidad no termina ahí. Brasil utiliza dos sistemas electorales diferentes en una misma elección. Presidente, gobernador y senador son elegidos mediante el sistema mayoritario. Para presidente y gobernador, si ningún candidato obtiene más de la mitad de los votos válidos, los dos más votados pasan a una segunda vuelta. Para el Senado, en cambio, basta con ser el candidato más votado.
Para la Cámara de Diputados y las asambleas legislativas funciona otro mecanismo: el sistema proporcional. Aquí el voto tiene una doble dimensión. Cuenta para el candidato, pero también para el partido, ya que la distribución de escaños depende del desempeño electoral de cada formación. Solo después se determina qué candidatos ocupan las plazas obtenidas por cada partido. Es una de las características que más puede sorprender a un elector acostumbrado a sistemas exclusivamente mayoritarios.
Y luego está la urna electrónica, uno de los elementos más reconocibles del proceso brasileño. Utilizada a escala nacional desde 2000, forma parte de un sistema electoral informatizado que ha incorporado progresivamente mecanismos de auditoría y seguridad. En 2026, la Justicia Electoral pondrá en funcionamiento 563.910 urnas para más de 158,7 millones de electores.
La secuencia de números tampoco es arbitraria. El diputado federal utiliza cuatro dígitos; el estatal o distrital, cinco; cada senador, tres; y gobernador y presidente, dos. Como este pequeño laberinto numérico puede provocar errores, la propia Justicia Electoral recomienda llevar a la cabina la llamada «colinha eleitoral», una anotación en papel con los números de los candidatos en el orden correspondiente. En otras palabras: el organismo electoral brasileño permite oficialmente que el ciudadano vaya a votar con su propia «chuleta».
En 2026 existe además una peculiaridad: se elegirán dos senadores por cada estado, porque se renovarán dos tercios del Senado Federal. Los dos votos deben corresponder a candidatos diferentes.
Hay otra regla que puede llamar especialmente la atención a quienes siguen las elecciones desde otros países: el teléfono móvil no puede entrar en la cabina de votación. El objetivo es preservar el secreto del voto y evitar, entre otras situaciones, que una persona pueda ser obligada a demostrar por quién votó. La manifestación individual y silenciosa de una preferencia política sí está permitida, pero la propaganda y la captación de votos en el lugar de votación están prohibidas.
El resultado tampoco depende de una única operación central. Una vez concluida la votación, las urnas emiten los Boletines de Urna, documentos que registran los votos contabilizados en cada sección. El proceso incluye además diferentes mecanismos de fiscalización y auditoría.
Así, detrás de una escena aparentemente sencilla —un elector frente a una pantalla, seis elecciones y una pequeña hoja de papel— existe uno de los sistemas electorales electrónicos más extensos del mundo.
Para un brasileño, introducir números en una urna forma parte de la rutina democrática. Para quien mira desde fuera, quizá sea más fácil entenderlo de otra manera: Brasil convirtió el acto de votar en una pequeña operación tecnológica, jurídica y política que millones de ciudadanos repiten el mismo día, con la tranquilidad —y a veces la ansiedad— de quien sabe que seis decisiones pueden caber en una sola cabina.









