Hay imágenes que parecen escritas por un novelista satírico y no por la realidad.
Perú espera el resultado definitivo de una elección presidencial decidida por apenas unas décimas. Roberto Sánchez ronda el 50,11% de los votos frente al 49,88% de Keiko Fujimori. Más de veintisiete millones de ciudadanos fueron llamados a las urnas y, sin embargo, buena parte de la atención nacional se concentra ahora en los votos procedentes del exterior.
No hay nada antidemocrático en ello. Los ciudadanos conservan sus derechos aunque crucen fronteras. Lo verdaderamente llamativo es otra cosa.
Que una parte decisiva del futuro político de Perú dependa precisamente de quienes ya no viven en Perú.
La paradoja merece una reflexión.
Porque nadie abandona su país por capricho histórico. Detrás de cada emigrante existe una biografía. A veces es la historia de quien marchó porque los salarios no alcanzaban. Otras veces es la de quien huyó de la inestabilidad política, de la corrupción endémica o de la falta de oportunidades. También existe el caso contrario: quienes acumularon suficiente patrimonio para construir su vida lejos de las incertidumbres cotidianas del país.
Y ahí aparece la gran contradicción peruana.
La elección puede terminar siendo definida por dos extremos sociales que comparten una misma característica: ya no viven la experiencia diaria de Perú.
Por un lado, quienes se marcharon porque no podían construir un futuro digno. Por otro, quienes poseen recursos suficientes para no depender de la realidad económica que condiciona a millones de peruanos. Entre ambos grupos queda la inmensa mayoría que continúa enfrentándose cada mañana a los problemas del transporte, los salarios, la sanidad, la inseguridad o la precariedad laboral.
No se trata de cuestionar el derecho al voto. Se trata de preguntarnos qué nos dice esta situación sobre la historia reciente del país.
Durante décadas, Perú fue presentado como uno de los ejemplos latinoamericanos de estabilidad macroeconómica. Sin embargo, esa estabilidad convivió con profundas desigualdades territoriales, con servicios públicos insuficientes y con una emigración constante de ciudadanos que buscaron en otros lugares las oportunidades que no encontraban en casa.
Antonio Gramsci escribió que la crisis consiste precisamente en que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer. Pocas definiciones parecen describir mejor el momento peruano.
Porque el verdadero dato de esta elección no son las décimas que separan a los candidatos.
Tampoco las actas pendientes.
Ni siquiera el suspense del escrutinio.
El verdadero dato es que millones de peruanos construyeron su vida lejos de Perú y que ahora sus votos pueden decidir el rumbo de quienes permanecieron.
La democracia permite esa situación. Y probablemente debe permitirla.
Pero también obliga a formular preguntas incómodas.
¿Por qué tantos ciudadanos tuvieron que marcharse?
¿Por qué el país continúa exportando trabajadores, profesionales y familias enteras?
¿Por qué una parte tan significativa de la nación vive fuera de sus fronteras?
Quizá la cuestión más importante de esta elección no sea quién ocupará el Palacio de Gobierno.
Quizá sea comprender por qué, una vez más, el destino de Perú está siendo escrito tanto por quienes permanecieron como por quienes un día tuvieron que buscar su futuro en otra parte.









